
Como sucede en el caso de su admirado Tsai Ming-liang, el cine del argentino Lisandro Alonso (...) puede considerarse un imparable proceso de reconstrucción, ampliación y reinvención de su primera película, contenedora en potencia de una serie de características que se irán repitiendo a cada nuevo paso en su filmografía. La libertad nos describe la rutina vital de un hombre llamado Misael Saavedra, que vive solo en medio de la espesura y se dedica a la tala de árboles. La cámara sigue los pasos del protagonista mediante planos largos y sostenidos en los que, a simple vista, no sucede nada. Pero, ¿es eso cierto? ¿No será posible que, en realidad sí sucedan cosas pero no como en las ficciones sustentadas en tramas urdidas mediante la acumulación de hechos más o menos espectaculares? La libertad incluye planos a bordo de un vehículo de cuatro ruedas muy deudores del cine de Abbas Kiarostami, otro director citado por Alonso como una de sus influencias. Los últimos trabajos del cineasta iraní se caracterizan por la renuncia radical a la narración, por la búsqueda de historias ínfimas que recuperen la relación del ser humano con la naturaleza. En las dos primeras películas de Alonso, los personajes protagonistas, acostumbrados a lidiar día a día con el (des)orden natural que les rodea, interactúan con el entorno de manera netamente física y de ese modo logran la supervivencia temporal de sus organismos, pero nunca llegan a intelectualizar (porque, en realidad, tampoco lo necesitan) o tratar de ordenar de un modo racional (es decir, propiamente humano) el devenir de lo empírico... (seguir leyendo).
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