
Una noche, en un bar, un amigo le cuenta al director israelí Ari Folman un sueño recurrente que tiene en el que 26 perros le persiguen. Los perros han aparecido 20 años después de que su amigo matase a otros tantos durante la guerra del Líbano. ¿La guerra del Líbano? Ari Folman también la vivió, pero no tiene ningún recuerdo de ella. Es posible, a veces la memoria hace cosas así. Pero el la historia de su amigo y los perros hace que alguna imagen vuelva a rondar la cabeza de Folman, y eso ya no se puede parar.
El director está decidido a recuperar sus recuerdos, y del mismo modo que lo haría un detective, va entrevistando gente y con los relatos de todos ellos, va reconstruyendo su papel su papel en el ejército israelí y, sobre todo, la matanza en los campos de refugiados de Sabra y Chatila. Y decide hacer una película con todo este material. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo lograr plasmar en imágenes unos recuerdos?
Beirut, 1982
Ari mira su foto hace veinte años en Beirut. Delgado, de uniforme, con un Galil terciado, sin barba, sin canas, joven. La ciudad al fondo, destrozada por los bombardeos. No me reconozco, admite. Hay algo mal ahí. No me recuerdo.
Experimento
Al sujeto le enseñan cuatro fotografías de su infancia y le piden que cuente todo lo que recuerde de esos momentos. Una de las fotografías, sin embargo, es un fotomontaje digital donde el sujeto, de niño, aparece montado en un globo aerostático. El evento nunca ocurrió pero la mitad de los sujetos, al cierre del experimento, recuerdan vividamente la tarde a los siete años cuando su padre los llevó a montar en globo. Su hermana y su madre abajo despidiéndose, de sombrero, con trajes largos. Los árboles. El río al fondo. El frío. El olor de la llama que mantiene el globo en el aire. El miedo de caer.
La guerra recordada
Recordar, pues, es un ejercicio de invención. La guerra, pasados los años, es una comedia absurda y dolorosa sin protagonistas, sin sentido, donde un viaje caluroso de verano se transforma en horror de un disparo al cuello, y el horror en un concierto estridente –estertóreo–, y la música en un canal –uno más– para abstraer y difuminar lo que ocurre. Estar sin estar. Ver sin ver. De eso se trata. Imagine que lo ve tras una cámara, dice el periodista. Imagine que nada es real ni usted está en ese lugar. He ahí el secreto.
Bengalas
Bengalas en el cielo de Beirut. Bolas de fuego sangrantes. Beirut iluminada por sus explosiones secas y su caida lenta. Ari desnudo, sumergido en el mar, viendo las luces caer. Luego vistiéndose junto el mar y caminando entre los edificios. Ari en una calle, rodeado de mujeres y niños palestinos que lloran y gritan y levantan los brazos. ¿Esa es la guerra? ¿Esa es?
Subconsciencia Colectiva
Ari habla con sus compañeros de frente. Les pregunta: ¿Qué ocurrió? Ellos dicen: ¿De verdad no lo recuerda? Ari dice: No. Ni los tanques, ni los niños con lanzacohetes, ni el yate de lujo, ni el carro rojo que fue imposible detener, ni la mujer inmensa que salvó a Ben-Yishai de la explosión, ni la noche que Dayag pasó sumergido entre el mar caminando hacia las luces, ni el baile de Lazarov entre las balas y en trance, disparando su MAC robada, ni los combates entre los limonares, ni el sabor de la sangre en la boca, su olor en el aire mezclado con pólvora. Pero todo regresa cuando lo cuentan. Conjurado por las palabras. Todo en el fondo está ahí, oculto, trastocado, avergonzado, resignado a ser lo que fue.
Extraído de cinematical y ochoymedio
El director está decidido a recuperar sus recuerdos, y del mismo modo que lo haría un detective, va entrevistando gente y con los relatos de todos ellos, va reconstruyendo su papel su papel en el ejército israelí y, sobre todo, la matanza en los campos de refugiados de Sabra y Chatila. Y decide hacer una película con todo este material. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo lograr plasmar en imágenes unos recuerdos?
Beirut, 1982
Ari mira su foto hace veinte años en Beirut. Delgado, de uniforme, con un Galil terciado, sin barba, sin canas, joven. La ciudad al fondo, destrozada por los bombardeos. No me reconozco, admite. Hay algo mal ahí. No me recuerdo.
Experimento
Al sujeto le enseñan cuatro fotografías de su infancia y le piden que cuente todo lo que recuerde de esos momentos. Una de las fotografías, sin embargo, es un fotomontaje digital donde el sujeto, de niño, aparece montado en un globo aerostático. El evento nunca ocurrió pero la mitad de los sujetos, al cierre del experimento, recuerdan vividamente la tarde a los siete años cuando su padre los llevó a montar en globo. Su hermana y su madre abajo despidiéndose, de sombrero, con trajes largos. Los árboles. El río al fondo. El frío. El olor de la llama que mantiene el globo en el aire. El miedo de caer.
La guerra recordada
Recordar, pues, es un ejercicio de invención. La guerra, pasados los años, es una comedia absurda y dolorosa sin protagonistas, sin sentido, donde un viaje caluroso de verano se transforma en horror de un disparo al cuello, y el horror en un concierto estridente –estertóreo–, y la música en un canal –uno más– para abstraer y difuminar lo que ocurre. Estar sin estar. Ver sin ver. De eso se trata. Imagine que lo ve tras una cámara, dice el periodista. Imagine que nada es real ni usted está en ese lugar. He ahí el secreto.
Bengalas
Bengalas en el cielo de Beirut. Bolas de fuego sangrantes. Beirut iluminada por sus explosiones secas y su caida lenta. Ari desnudo, sumergido en el mar, viendo las luces caer. Luego vistiéndose junto el mar y caminando entre los edificios. Ari en una calle, rodeado de mujeres y niños palestinos que lloran y gritan y levantan los brazos. ¿Esa es la guerra? ¿Esa es?
Subconsciencia Colectiva
Ari habla con sus compañeros de frente. Les pregunta: ¿Qué ocurrió? Ellos dicen: ¿De verdad no lo recuerda? Ari dice: No. Ni los tanques, ni los niños con lanzacohetes, ni el yate de lujo, ni el carro rojo que fue imposible detener, ni la mujer inmensa que salvó a Ben-Yishai de la explosión, ni la noche que Dayag pasó sumergido entre el mar caminando hacia las luces, ni el baile de Lazarov entre las balas y en trance, disparando su MAC robada, ni los combates entre los limonares, ni el sabor de la sangre en la boca, su olor en el aire mezclado con pólvora. Pero todo regresa cuando lo cuentan. Conjurado por las palabras. Todo en el fondo está ahí, oculto, trastocado, avergonzado, resignado a ser lo que fue.
Extraído de cinematical y ochoymedio

